SINAPSIS

1/1
1/1
1/1

He estado dispuesta a pagar cualquier precio con tal de poder trabajar. J Chicago.

Lo que quiero es difícil: la atmósfera de las lámparas, o la luz de la luna. Degas.

La luz es cosa muy delicada. Braque.

Yo soy una parte de todo aquello que he encontrado en mi camino. Tennyson.

Fue una noche. Y después de esa noche, decidí que mis plumas volarían. No más insomnio, no más tormento, simplemente soltar... quería hacer cosas mejores que las palabras que las nombran. Esa ilusión...
Mis sueños esclarecedores, mágicos y apasionados, se rieron de mí. Todavía faltaba mucho. Más de setecientos días pasaron. Espere con paciencia, aunque tal vez fue resignación. Al principio fueron huellas, materia, color, dibujos, ritmo, música. ¿O los sonidos recién llegaron mucho después? ¿Lo habré olvidado?

De algo no debo olvidarme: estoy terminando para poder empezar. En mis sueños las imágenes eran precisas y así me ordenaron. Apuntes.
Una mañana: sinapsis. Alivio

Otra mañana: sinapsis. Obsesión.

El proyecto era imposible salvo que La Luz entrara por mi ventana. El vuelo que buscaba precisaba facilitadores, y la irrupción del movimiento. Los facilita- dores fueron amables y sin darse cuenta muy eficaces. El proceso debía ser manual y sin ellos el camino hubiera sido imposible. Fueron generosos y también disfrutaron de la magia que ellos mismos crearon. El movimiento, el ritmo, la densidad del aire... ellos si qué deciden, ¡ja!

Aprendí a observarlos, me acerqué a ese silencio, y en ese momento llego la música. Me sumergí en los sentidos y de pronto aparecieron ellas bailando

Necesito desesperadamente compartir estas imágenes. Tal vez no son mias. Definitivamente no lo son.
El proceso fue nutritivo. Estoy agradecida.

 

Constanza Oxenford / FARIAO

En el vigésimo sexto canto del Infierno, de la Divina Comedia, Dante habla de las minúsculas luces que, al contrario de las grandes luces que refulgen en los círculos sublimes del Paraíso, pestañean vacilantes, sumergidas en una abismal oscuridad. A la vez, a Plinio el Viejo le inquietaba la existencia de un insecto volador llamado pyrallis o pyrocoton, quien sólo podía volar en medio del fuego: “mientras logre quedarse en el fuego, puede volar; si su vuelo lo transporta demasiado lejos del fuego, muere”.

 

Como pequeñas hebras chispeantes trastornadas de color, las plumíferas criaturas féericas de Constanza Oxenford montan el silencioso espectáculo de un simulacro de luciérnagas, con su dinámico derrotero aéreo y ventoso en la inmensa negritud sin fondo del plano fotográfico. Las formas reconocibles de las plumas, a veces más explícitas, a veces más dudosas, al igual que las luminarias dantescas también disputan el cénit dramático de la luz como categoría simbólica, no desde el relámpago mítico sino confinadas en la vibración menor, abreviada, casi al alcance de la mano, delicadas, domésticas. Y así como aquel insecto desvelaba a Plinio por su paradójica sobrevida en medio de un fuego que sería letal para cualquiera, pero no para él, estas pilosas, angélicas babas del diablo crepitan respirando la fogosidad empírica que inventa Oxenford en una relación física entre la acción manual, el dispositivo mecánico y el registro óptico.

 

Tanto en las variantes de rítmicas constelaciones, donde la caja negra del plano–soporte quiere hacerse escenográficamente nocturnal, como en aquellas donde las aladas protagonistas se ven circunscriptas a una coreografía mas reducida, o allí donde se las aísla y cada una parece engalanada para el detalle minucioso del lente macro, el sistema que Oxenford despliega puede ser visto como un ensayo de abstracción minimalista y cita iconográfica, pero también como una reflexiva investigación técnica sobre la entidad material o ilusoria del movimiento y sus resonancias metafóricas.

 

Eduardo Stupía

ANTECEDENTE

1/1

Constanza Oxenford | cottyo@hotmail.comBuenos Aires, Argentina.